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JMAYORGA

EL AÑO MUNDIAL DE LA FISICA

Saturio Ramos
Vicerrector de Investigación
Universidad de Sevilla

Publicado el día 16.5.2005 en el Diario de Sevilla

Year of the cat es una bella canción con la que hace unos cuantos años el cantante Al
Stewart consiguió entusiasmar a cientos de miles de jóvenes indecisos entre la rebeldía
glamorosa de los Rolling y el glamour menos rebelde de los Beatles.

El Año Mundial de la Física que por acuerdo de Naciones Unidas se celebra en todo el
mundo en este dos mil cinco, cuando se cumplen cien años de la publicación de la teoría
de la relatividad especial, y en coincidencia casual con el quinto centenario de la
Universidad de Sevilla, aspira a movilizar las conciencias de una minoría de esos ya no
tan jóvenes y de algunos mas, básicamente estudiantes, que sientan curiosidad “por
unos ideales que puedan iluminar su camino: la Amabilidad, la Verdad y la Belleza”, en
palabras de Einstein.

Habría que buscar tres pies al gato para encontrarle algún paralelismo con la física que
pudiera justificar el título, intento bastante inútil, por otra parte, si tenemos en cuenta
que el gato mas famoso de la física, el gato cuántico del físico Erwin Schrodinger podía
estar en un estado de interferencia vivo y muerto siempre que no lo observáramos.

¿Quien ha sido la persona que, para bien o para mal, ha tenido mayor impacto en la vida
del siglo XX? Durante varios meses los editores de la revista Time buscaron contestar
esta pregunta. Entre una larga lista quedaron tres finalistas.
Uno fue Franklin D.Roosevelt por su contribución a la derrota del nazismo y la superación de la depresión
de 1929. Otro fue Mahatma Gandhi por su revolución de la no violencia que llevó a la
independencia a más de mil millones de personas. El otro candidato fue Albert Einstein
cuyas teorías científicas son una base fundamental del desarrollo tecnológico
exponencial del siglo XX. El último día de 1999 la portada del Time rinde homenaje a
la elegida como “Persona del Siglo”: el físico alemán, que había renunciado a su
nacionalidad tras la ascensión de Hitler al poder, Albert Einstein.

En el año 1905 ni yo ni el amigo Al Stewart éramos siquiera un proyecto de vida futuro.
Pero existía una persona, físico por más señas, que con 26 años y después de soportar
cierto desdén por parte del sistema establecido se aburría en un mediocre empleo en la
oficina de patentes de Berna. Lo que ni Al ni yo podíamos imaginar años después, ni
tampoco haber conocido aunque hubiéramos viajado hacia atrás en el espacio-tiempo, es
que aquel genial teórico, sin pretender en absoluto revolucionar la tecnología de los
discos de vinilo, llenaba páginas con fórmulas físicas y matemáticas que a la postre
serían el fundamento imprescindible para que podamos disfrutar de la perfecta audición
de Year of the cat en un disco compacto de tecnología avanzada o visionar uno de sus
conciertos en el DVD.
Pero en ese año la imaginación de Einstein voló tan alta que le llevó a publicar cinco
artículos científicos de impacto sobre la naturaleza de la luz, la materia, el espacio y el
tiempo, y que sin duda supusieron, junto con la teoría de la relatividad general
publicada quince años después, no solo una revolución en el conocimiento y en la
concepción del cosmos sino que, además, aportó los sólidos cimientos del espectacular
edificio tecnológico que se está construyendo en las últimas décadas.
Einstein encarna el paradigma positivo, en estos tiempos de auge de la neo-tecnocracia,
de lo estéril que resulta la polémica, ajena a los investigadores, entre investigación
básica y aplicada y del absurdo conceptual de distinguir sin más entre conocimiento útil
(¿) y conocimiento, cuando la posibilidad de definir correctamente “lo útil” o lo
“utilitarista” dentro de coordenadas de intereses espacio-temporales es más relativa que
lo que afirma la propia teoría de la relatividad. Si el siete veces campeón de fórmula 1
Michael Schumacher fuese un hombre agradecido, no tengo razones para pensar que no
lo sea, podríamos verlo cualquier día ante la tumba de Einstein agradeciéndole sus
predicciones teóricas sobre un nuevo estado de la materia, el condensado de Bose-
Eintein, alrededor de cuyas investigaciones se desarrolla una tecnología de nuevos
productos para lubricación de motores. Metidos en carreras es probable que el corredor
perdido de la Paris-Dakar ignore que su sistema de localización por satélites GPS no
funcionaría sin tener en cuenta la Teoría General de la Relatividad. Y seguramente mi
hija no estaría disfrutando de su cámara digital si el genial físico no hubiera investigado
el efecto fotoeléctrico, trabajo por el que le concedieron el Premio Nóbel en el año
1921. No debo olvidar, por fin y para no cansar, que la semana pasada mi amigo y
vecino se operó creo que de próstata en un plis-plas aprovechando la última tecnología
láser lo que le permitió dormir esa noche fuera de la clínica.
Al menos en los avances tecnológicos importantes con incidencia en el bienestar de los
ciudadanos la creación y desarrollo del conocimiento científico, esto es la investigación
de calidad, ha sido y seguirá siendo la condición imprescindible. En 1831 el físico y
químico británico Michael Faraday había descubierto la inducción electromagnética y la
dinamo. El ministro de Hacienda británico Gladstone le interrogó sobre la utilidad
práctica de la energía eléctrica. El físico le contestó “un día podrá usted gravarla con
impuestos”. Casi cincuenta años después Thomas Alba Edison encendió la primera
lámpara de hilo incandescente. Faraday no pudo ver la luz porque había muerto doce
años antes. Pero a partir de entonces todos los ministros de Hacienda del mundo tocan
palmas en honor de los dos científicos.
En asuntos en que nos jugamos qué futuro queremos y podemos construir como, por
ejemplo, el espacio europeo de educación superior, la sociedad del conocimiento o la
revolución tecnológica, no debemos dejar solos a los políticos y los tecnólogos. A los
primeros porque tienden a ser cortos de vista por imperativo electoral y a los segundos
porque son capaces de construir sólidos puentes en medio del océano. Y nos tememos
que eso no ayuda a que seamos un poco más felices.
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